
Melvyn O. Herrera C.
melvynherrerac@hotmail.com
Periodista – Articulista.
Fabián Zurita…
Hace pocos días inició su ascenso hacia la eternidad, a sus 92 años de vida y después de unos 70 de
haber conquistando casi todas las más altas cumbres de nuestros Andes ecuatorianos y de Europa,
un hombre que sin depender de entidades públicas, mucho hizo en su vida por la formación de miles
de jóvenes que tuvieron la suerte de recibir las sabias enseñanzas y buenos ejemplos en diversos
ordenes, desde domésticos hasta deportivos, de este sencillo hombre que deja a cargo de sus dos
hijas “Aire Libre” el ente que él creó.
Me refiero a quien es título de esta nota, y al que este “Contador de Historias” admira
superlativamente y agradece sobremanera porque en tres de mis hijos varones -los de menor edad,
de los seis que la Providencia me permitió procrear- él sembró en ellos muchos valores que les han
permitido ser los buenos ciudadanos que son, los que aplican en las diversas facetas de la vida, ya
en su adultez.
Amplío lo anterior, generosos lectores, contándoles que por alguna buena referencia sobre este
personaje y lo que se conocía como “el campamento”, aquí en Manta, con mis cercanos,
organizamos un buen grupo de adolescentes que, con la confianza y aporte de sus padres, allá por
marzo de 1989 enviamos a nuestros hijos hacia Los Chillos, Quito, al “campamento” mencionado.
Una de las cosas que animaba a los padres responsables, que yo difundía y aún pondero, es la
máxima personal de Fabián, la que me cautivó, ya que conduce a lo que en la vida todos debemos
aplicar: “La Alegría del Esfuerzo”.
En esta primera asistencia de mis hijos a “Aire Libre”, en su período vacacional, sucedió que el
padrino de mi hijo menor, quien residía en Quito, al visitarlo, se sorprendió de lo rudimentario de
las instalaciones de “Aire Libre”, donde -y nos lo habían anticipado- los jóvenes debían aprender a
valerse por si mismo, desde su alimentación, higiene y convivencia con la naturaleza en sí. El citado
padrino comedidamente retiró al joven del lugar, y al viajar su madre, mi esposa, a arreglar el
entuerto, el mozuelo pidió que lo retornen al “campamento”… tanto le había agradado, que luego se
convirtió en un verdadero discípulo de Fabián, llegando a escalar el imponente Cotopaxi, a más de
muchas otras cumbres menores, a manera de entrenamiento.
Estas letras son una suerte de abono a la gran deuda que adquirí con Fabián, porque a más de haber
sembrado en estos tres hijos míos, su mística, lo hizo también con los hijos de muchos otros amigos
míos; y cuando el destino me azotó con uno de los más grandes dolores que he recibido en esta
vida, este hombre, conquistador de cumbres y de espíritus humanos, me consoló con su solidaridad,
como nunca puede haberlo imaginado.
¡Mereces este descanso eterno, querido Fabián! te lo ganaste al dejar tu ejemplo y virtudes en tantos
jóvenes y sus padres, quienes siempre te recordaremos con inmensa gratitud. Tus deudos que
reciban nuestro abrazo solidario. Amen.
Manta, octubre 16 de 2026